Siempre he sentido curiosidad por el origen de las cosas.
Cuando era niña, mi mamá me llevaba a las librerías como otros padres llevaban a sus hijos al parque. Volvía a casa con montones de libros, preguntas e historias que se quedaban conmigo. En séptimo grado, elegí latín como mi tercer idioma, no porque fuera práctico, sino porque se sentía como una puerta hacia algo más antiguo y más profundo.
Esa elección me abrió el camino a la mitología, la historia y a la idea de que el lenguaje guarda memoria. Que las palabras, los nombres e incluso los meses contienen historias sobre cómo las personas entendían el mundo en otro tiempo.
Este año quiero explorar esa curiosidad, un mes a la vez. No como una lección, sino como una reflexión. Una forma de notar cómo el lenguaje, la historia y el tiempo moldean silenciosamente la manera en que atravesamos la vida.
Enero lleva su nombre por Jano, un dios romano de dos rostros. Uno mira hacia atrás. El otro mira hacia adelante. Jano no era el dios de la acción ni de la velocidad. Era el dios de las transiciones, de las puertas, de los momentos en los que algo termina y otra cosa comienza.
Resulta apropiado que el año empiece con una figura que no se apresura, sino que se detiene.
Enero no siempre fue el primer mes. En los calendarios romanos más antiguos, el año comenzaba en marzo, un mes asociado con la guerra, el movimiento y la acción.
No fue sino hasta alrededor del año 153 a. C. que el 1 de enero se convirtió oficialmente en el inicio del año político, cuando los nuevos funcionarios romanos comenzaban a asumir sus cargos. Más tarde, con las reformas del calendario de Julio César, enero quedó firmemente establecido como el comienzo del año calendario.
Lo importante no es la fecha exacta del cambio, sino el cambio de significado. El año comenzó no con batalla ni urgencia, sino con una pausa. Con la mirada puesta hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. El año no empezó con ruido, sino con pensamiento.
Eso me gusta.
El enero moderno suele sentirse ruidoso. Se nos anima a transformarnos de la noche a la mañana, como si el cambio solo contara cuando es dramático e inmediato. Se nos dice que reiniciemos, mejoremos, planeemos y optimicemos. Pero históricamente, enero era un umbral. Un momento para mirar lo que ha quedado atrás y para mirar hacia lo que podría venir, sin exigir certezas.
Aprender un idioma se siente parecido. Los comienzos rara vez son seguros. El progreso es silencioso. La comprensión llega despacio, casi sin que nos demos cuenta, hasta que un día descubrimos que estamos parados en un lugar nuevo. Esa realización me ha hecho más amable con los comienzos, tanto en el lenguaje como en la vida.
Al comenzar este año, me encuentro pensando menos en metas y más en conciencia. En habitar ese espacio intermedio. Mirar hacia atrás sin arrepentimiento. Mirar hacia adelante sin prisa.
Después de todo, enero nunca tuvo la intención de empujarnos hacia adelante. Su propósito era ayudarnos a notar dónde estamos.
¿Qué cambiaría si nos permitiéramos comenzar el año de esa manera?


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