Cuando el tiempo avanza en silencio

Posted by:

|

On:

|

El tiempo no se anuncia cuando avanza.
No hace ruido, no pide permiso y no espera a que nadie esté listo. Un día eres un adolescente convencido de que tiene todo el tiempo del mundo; al siguiente, miras atrás y te preguntas cómo pasaron veinticinco años en un parpadeo.

Al cerrarse este año, este es el pensamiento que más me ha acompañado. No de manera dramática, sino de forma silenciosa y persistente. Una creciente conciencia de lo rápido que todo se mueve y de lo poco que notamos mientras sucede.

Tengo 42 años. No me siento vieja, pero sí me siento consciente de una manera que antes no conocía. Recuerdo tener dieciséis años. Recuerdo el año 2000, sentada en décimo grado, convencida de que la adultez era algo lejano, abstracto, casi teórico. Ese año también fue un momento de cambio para mí. Me acababa de mudar a un nuevo pueblo, estaba conociendo gente nueva, haciendo amigos y cuidando a los hijos de mis vecinos. Lo disfruté profundamente. Esos niños se convirtieron en parte de mi vida cotidiana, y cuidarlos me dio un sentido de propósito y conexión que permaneció conmigo. Hoy son adultos, profesionales, viviendo sus propias vidas, y a veces me pregunto si alguna vez piensan en mí como yo sigo pensando en ellos.

Parte de esta reflexión ha estado marcada por observar cómo envejecen quienes tengo más cerca, especialmente mis bebés, mis perros, Dante y Emma. Siempre están a mi lado mientras trabajo, enseño, escribo y pienso. A veces están tranquilos, a veces no tanto. Interrumpen, piden atención, insisten en formar parte de cada momento. Día tras día, existen conmigo, compartiendo mis rutinas y mi tiempo de una manera que se siente constante y reconfortante.

Y, sin embargo, su tiempo avanza más rápido.

La salud de Dante ha cambiado drásticamente este año. Emma, ahora con once años, muestra pequeñas señales de edad que antes no estaban ahí. No son cambios dramáticos. Son suaves. Casi educados. Y tal vez eso es lo que los hace tan poderosos. Amar a seres que envejecen más rápido nos recuerda, sin decir una sola palabra, que nada permanece igual. El tiempo puede sentirse cruel, especialmente cuando se trata de quienes tienen tanto amor para dar. Con ellos, el tiempo nunca es suficiente. Su presencia nos hace conscientes de lo frágiles que son los momentos y de lo fácilmente que se nos escapan, especialmente aquellos que quisiéramos que duraran… para siempre.

Aprender un idioma enseña algo muy parecido. El progreso no es ruidoso. Es silencioso, diario y, muchas veces, invisible. No notas que está ocurriendo. Un día, simplemente te das cuenta de que entiendes más, hablas con mayor facilidad y te mueves por el mundo con más confianza. La vida parece funcionar de la misma manera. No despertamos transformados. Vamos acumulando días, experiencias, hábitos y afectos, hasta que de pronto somos fluidos en una versión de nosotros mismos que no vimos formarse.

Este año no terminó con una gran conclusión. Terminó con conciencia. Con gratitud. Con preguntas que no tengo prisa por responder. Y con la comprensión de que el tiempo no necesita desacelerarse para que la vida tenga sentido. A veces, basta con aprender a notarlo mientras avanza.

Posted by

in

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *